Pero ¿qué está pasando en la vida pública española?

Abejas

Pero ¿qué está pasando en la vida pública española?

Un apunte de urgencia, tan injusto al generalizar como cierto en la experiencia cotidiana, sería éste. La cultura de “lo público” no existe en la sociedad española; lo público se soporta y se padece; un paso más, y se sobreentiende que aprovecharse de “lo público” es lo normal. El concepto bien común no se reconoce y acepta como el de bien privado. El que reparte, se sobreentiende que se queda con la mejor parte. Todos lo haríamos, -se oye por doquier-. Así es imposible crear moral pública compartida. Nadie está educando en el respeto de lo público. Todas las instancias de la vida familiar y social estamos fallando en dar valor a lo público, y en ese magma, los administradores se embarran hasta el cuello. Son lo más osado, habilidoso y descreído entre el común que niega ese valor moral de lo público.

AbejasUna clave más. En todos los lugares de Europa hay mucha competencia, pero en nuestra cultural social, para lograr algo, además de esa competencia leal, vale todo; las estrategias más irrespetuosas son parte del plan de ataque. La trampa es parte del juego. Del deporte ha saltado a la vida social en cuanto tal (o a la vez, no lo sé). Se acepta que todos lo harían, porque éste es un país de “listos” -se alega con orgullo- no de “mojigatos”, de “gente que sabe vivir” y “aprovechar para sí las ocasiones”. Esto se extiende hasta el infinito por todas las profesiones y la gente lo da por supuesto. Así, es muy difícil no crear una sima cultural para el bien público y común como algo tomado en serio.

Prosigo en la misma clave. El que manda está ahí, lo tiene casi todo a su alcance, y reclama de los subordinados su cuota parte de provecho y pleitesía. Se cuela en la política profesional gente muy servil y ególatra. Se extiende la idea de que es un juego de estrategias de poder del tú o yo, nosotros o vosotros. Así hasta hoy, sin límites claros en reglas y actitudes. El resultado y en general, una clase política “enfermiza” en su egolatría, muy ideologizada, conspiradora, sin capacidad de autocrítica y de denuncia hacia lo peor de entre ellos.

Por fin, último círculo, las estructuras de poder político democrático, tan frágiles, tan nutridas del pasado franquista, tan pilladas muchas autoridades y élites sociales por silencios mutuos que duran docenas de años, con tanto dinero alrededor, y partícipes no pocos de esa cultura pública tramposa –ser listos- la situación es una bomba de relojería. Desde el Rey (emérito) para abajo, buena parte de la clase política con alguna responsabilidad, por acción u omisión, está pillada. Los alevines de los partidos esperan lógicamente su oportunidad.

De acuerdo, no todos; muchos, tantos que vician al conjunto y lo pervierten sin remedio. El problema son ellos, sí, pero lo son en la cultura del desprecio de lo público, de la dignidad que vale en lo público, como vale en lo personal y familiar; y por ahí -cuando lo de todos no es de nadie y la trampa es parte del juego político (y social)- , nace una perversión que reglas, leyes y estructuras no consiguen contener. Hasta los intérpretes de las reglas y controles pierden la noción de la ética pública y son parte del decorado.

Urge aplicar las leyes con rigor y justicia, y urge defender una cultura de lo público y social sin trampas y como algo tan decisivo y “mío”, como mi propiedad, mi casa y mi conciencia.

Algo así

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete
Profesor de Moral Social Cristiana
Vitoria-Gasteiz

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